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miércoles, 22 de julio de 2026

Argentina. Golpear jubilados: el rostro del fascismo

Argentina. Golpear jubilados: el rostro del fascismo

El 15 de julio de 2026, frente al Congreso argentino, el poder dejó de disimular. No hubo matices ni excusas técnicas: fuerzas de seguridad cargaron contra jubilados que reclamaban pensiones dignas. Empujones, gases, personas mayores cayendo al suelo. Está documentado. Ocurrió.

Y lo que ocurrió no es menor. Porque no estamos hablando de un enfrentamiento entre fuerzas del orden y grupos violentos. Estamos hablando de jubilados. De personas que han trabajado toda su vida y que hoy salen a la calle porque no pueden sostener lo más básico: alimentarse, pagar servicios, comprar medicamentos. Esa es la raíz del conflicto, y negarla es faltar a la verdad.

La jubilación mínima no alcanza. El coste de vida ha empujado a miles de personas mayores a una situación límite. No es una consigna política: es una realidad social. Cuando alguien tiene que elegir entre comer o medicarse, la protesta deja de ser ideológica y pasa a ser una cuestión de supervivencia.

Y frente a eso, la respuesta del Estado es la fuerza. Eso no es orden. Eso es violencia.

Porque cuando un gobierno no puede garantizar condiciones mínimas de vida y, en lugar de corregir esa situación, responde golpeando a quienes la denuncian, lo que está haciendo no es gobernar: es admitir su propio fracaso. No hay política pública en un bastón policial. No hay solución en un gas lacrimógeno. No hay autoridad en empujar a quien ya está cayendo.

Lo que se vio el 15 de julio no fue solo desproporción —que lo fue—, sino algo más profundo: una decisión consciente de tratar un problema social como si fuera un problema de orden público. Convertir la pobreza en amenaza y la protesta en delito. Y eso, en cualquier democracia, es un síntoma grave.

Porque el mensaje es brutalmente claro: si no puedes vivir, cállate. Y si no te callas, te golpeamos.

Esa es la lógica. Y esa lógica no solo es injusta. Es peligrosa.

Peligrosa porque normaliza la violencia contra los más vulnerables. Porque desplaza el foco del problema real —pensiones insuficientes, carestía de vida— hacia un enemigo inventado: quienes protestan. Porque erosiona la idea misma de ciudadanía, sustituyéndola por una jerarquía donde algunos derechos pesan menos que otros.

Un país que golpea a sus jubilados no está siendo firme. Está perdiendo el rumbo. Y cuando una sociedad acepta que quienes han sostenido el sistema sean tratados así, lo que se deteriora no es solo la economía. Es la dignidad.

Y sin dignidad, no hay democracia que se sostenga.

Isabel Carrión 

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