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viernes, 20 de marzo de 2026

Energía, guerra y negación: Israel y Estados Unidos empujan al mundo al borde del colapso global

 


 

El ataque de Israel, con el aval —explícito o implícito— de Estados Unidos, a infraestructuras energéticas clave de Irán —incluida la mayor planta de gas del mundo— no es un episodio más en la escalada regional: es un golpe directo al corazón del sistema energético global. Mientras se ignoraron las advertencias sobre el cierre del Estrecho de Ormuz y afloran contradicciones entre Trump y Netanyahu sobre el conocimiento previo de la ofensiva, el planeta entero queda expuesto a un escenario de desabastecimiento, crisis alimentaria y colapso energético. Gaza, Líbano y Siria arden; pero lo que está en juego ya no es solo una región, sino las condiciones materiales de la vida a escala global.



Lo que se está configurando no es un episodio aislado más en Medio Oriente, sino una convergencia de crisis que expone hasta qué punto el sistema global es frágil, interdependiente y profundamente atravesado por decisiones políticas que, lejos de ser racionales, parecen cada vez más desconectadas de sus consecuencias.

El reciente ataque de Israel sobre objetivos estratégicos vinculados a Irán —en particular, la ofensiva contra infraestructuras energéticas de enorme escala— marca un salto cualitativo. No se trata solo de una escalada militar: es una intervención directa sobre uno de los nodos críticos del sistema energético mundial. Cuando se golpea la mayor planta de gas del mundo, no se está atacando únicamente a un país, sino a una red global de abastecimiento que sostiene industrias, alimentos, transporte y vida cotidiana en múltiples continentes.

A esto se suma la tensión en el Estrecho de Ormuz, por donde circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Irán había advertido explícitamente que determinadas acciones podrían derivar en su bloqueo. No era una amenaza retórica sino una declaración estratégica. Sin embargo, esas advertencias fueron desoídas o subestimadas. La historia reciente está llena de estos momentos: decisiones que ignoran información crítica y empujan la situación hacia puntos de no retorno.

En este escenario, emergen contradicciones que no son menores. Donald Trump ha sostenido que Estados Unidos no estaba al tanto de la magnitud ni del alcance de ciertas operaciones israelíes. Pero voces dentro del propio aparato estatal estadounidense, así como sectores del gobierno de Benjamin Netanyahu, sugieren lo contrario: que había conocimiento previo, o al menos señales suficientes como para prever la escalada.

Estas tensiones no son solo comunicacionales; revelan fracturas en la toma de decisiones y, más profundamente, un modo de ejercer el poder que desestima los análisis expertos y prioriza lógicas de confrontación. Cuando se actúa desde esa desconexión, el riesgo deja de ser calculado y pasa a ser estructural.

Mientras tanto, el costo humano sigue creciendo en múltiples frentes: la devastación en Líbano, la continuidad de las muertes en Gaza y Cisjordania, la inestabilidad en la frontera con Siria. Pero reducir el análisis a la dimensión humanitaria —aunque central— sería insuficiente. Lo que está en juego también es la infraestructura material que sostiene la vida a escala global.

Porque hablar de energía no es hablar solo de combustible para autos o electricidad doméstica. Es hablar de:

Producción de alimentos: los fertilizantes dependen en gran medida del gas natural. Sin ellos, cae la productividad agrícola global.

Cadena de suministros: el transporte marítimo, aéreo y terrestre depende de combustibles fósiles. Su encarecimiento o escasez interrumpe el flujo de bienes esenciales.

Sistemas sanitarios: hospitales, conservación de medicamentos, equipamiento médico… todo requiere energía constante.

Agua potable: en muchas regiones, el acceso al agua depende de sistemas de bombeo y desalinización energéticamente intensivos.

Estabilidad social: los cortes prolongados de energía históricamente se correlacionan con conflictividad, migraciones forzadas y colapso institucional.

Un shock energético global no es una crisis sectorial: es una crisis civilizatoria. Lo vimos parcialmente en episodios anteriores —como la crisis del petróleo de los años 70—, pero hoy la interdependencia es mucho mayor. La economía digital, la hiperconectividad y la globalización productiva hacen que cualquier interrupción tenga efectos en cascada más rápidos y profundos.

En este contexto, lo más inquietante no es solo la escalada en sí, sino la aparente incapacidad —o falta de voluntad— de quienes toman decisiones para dimensionar sus consecuencias. La reiteración de patrones (advertencias ignoradas, escaladas previsibles, negaciones posteriores) sugiere algo más que errores: habla de una lógica de poder que avanza incluso cuando los costos son evidentes.

Y ahí aparece una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Qué ocurre cuando quienes están en posiciones de máxima responsabilidad operan desconectados del impacto real de sus actos? No es solo un problema geopolítico. Es un problema estructural de gobernanza global.

Lo que está en juego ya no es únicamente quién gana o pierde en un conflicto regional. Es la sostenibilidad misma de las condiciones materiales que permiten la vida tal como la conocemos.

https://kaosenlared.net/energia-guerra-y-negacion-israel-y-estados-unidos-empujan-al-mundo-al-borde-del-colapso-global/

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