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en 2013, el plan Wright retoma elementos del plan del ex ministro
francés Alain Juppé para Libia, Siria e Irak. Pero Robin Wright va
más lejos, incluyendo proyectos para Arabia Saudita y Yemen.
Al llegar al poder en Ankara, en 2003, el partido
islamista AKP modificó las prioridades estratégicas de Turquía. En vez
de basarse en la correlación de fuerzas posterior a la invasión de Irak,
Recep Tayyip Erdogan ambicionaba sacar a su país del aislamiento en que
se hallaba desde la caída del Imperio Otomano. Basándose en los
análisis de su consejero, el profesor Ahmet Davutoglu, Erdogan
se pronunció por resolver los problemas con sus vecinos que llevaban un
siglo pendientes y convertirse paulatinamente en un mediador regional al
que sería imposible ignorar. Para eso, Turquía tenía que convertirse en
un modelo político y establecer relaciones con sus socios árabes,
sin renunciar a su alianza con Israel.
Iniciada con éxito, esa política –llamada de «
cero problemas»–
llevó a Ankara no sólo a dejar de sentir temor frente a Damasco y su
respaldo al PKK, sino a pedirle que le ayudara a negociar una salida de
la crisis con los kurdos. En octubre de 2006, el partido kurdo declaró
una tregua unilateral e inició negociaciones con el gobierno del
entonces primer ministro Erdogan. En mayo de 2008, Ankara organizó
negociaciones indirectas entre Damasco y Tel Aviv, las primeras desde
que Ehud Barack rechazara el plan del presidente estadounidense Bill
Clinton y del entonces presidente de Siria, Hafez el-Assad,
negociaciones a las que puso fin el actual presidente sirio Bachar
al-Assad cuando Israel atacó Gaza, en diciembre de 2009.
Dándose cuenta de que la cuestión palestina hacía imposible mantener
buenas relaciones con todos los Estados de la región al mismo tiempo,
Ankara optó por apoyar a los palestinos ante Israel. Fue esa la época de
los hechos de Davos y de la Flotilla de la Libertad. Al disponer
entonces de un amplio respaldo popular, Ankara se acercó a Teherán y
aceptó, en noviembre de 2010, participar en un mercado común
Turquía-Irán-Irak-Siria. Se eliminó la exigencia de visas entre esos
países, los derechos de aduana se redujeron considerablemente, se creó
un consorcio para el manejo de pipelines y gasoductos y se instituyó una
autoridad para administrar en común los recursos acuíferos. Todo
aquello era tan atractivo que el Líbano y Jordania quisieron
incorporarse a aquella estructura. Una paz duradera parecía posible en
el Levante.
En 2011, cuando el Reino Unido y Francia se lanzaban en una doble
guerra contra Libia y Siria, a pedido de Estados Unidos y bajo
su control, Turquía –lógicamente– se opuso a ello. Iniciadas bajo el
pretexto de proteger a la población civil, era demasiado evidente que
se trataba de guerras con objetivos neocoloniales. Además, afectaban los
intereses turcos ya que Libia era uno de los principales socios
económicos de Turquía mientras que Siria estaba en camino de serlo,
gracias al nuevo mercado común regional.
Fue entonces cuando todo cambió…
Cómo Francia hizo que Turquía cambiara de bando
Por iniciativa del entonces ministro francés de Relaciones
Exteriores, Alain Juppé, en marzo de 2011,
París propuso secretamente
a Ankara apoyar la incorporación de Turquía a la Unión Europea
y ayudarla a resolver su problema con los kurdos… si Turquía se sumaba a
la guerra contra Libia y Siria. Viniendo de los franceses, aquella
proposición era radicalmente nueva ya que el propio Alain Juppé se había
opuesto firmemente a la entrada de Turquía en la Unión cuando
encabezaba el partido gaullista y se hallaba entre los colaboradores del
presidente Jacques Chirac. Pero, luego de ser condenado por corrupción
en Francia, Juppé se exiló del otro lado del Atlántico en 2005 y trabajó
como profesor en Quebec, mientras seguía un curso de formación en el
Pentágono. Ya convertido al culto neoconservador, Juppé regresó
a Francia, donde el entonces presidente Nicolas Sarkozy lo designó
ministro de Defensa y, posteriormente, ministro de Relaciones
Exteriores.
Retrospectivamente, el plan Juppé es revelador de las intenciones de
Francia: opta por la creación de un Kurdistán en tierras de Irak
y Siria, siguiendo el mapa que aparecería publicado –2 años después– en
el
New York Times. Trabajando en conjunto, el Emirato Islámico,
el gobierno regional del Kurdistán iraquí y ex colaboradores de Saddam
Hussein vinculados a la Hermandad Musulmana, han estado tratando de
imponer ese mapa en el terreno. Ese documento, firmado conjuntamente por
el entonces jefe de la diplomacia francesa Alain Juppé y su homólogo
turco Ahmet Davutoglu, no deja lugar a dudas:
Francia tenía intenciones
de dotarse nuevamente de un imperio colonial en Siria. Disponía además
de contactos dentro de los movimientos terroristas islamistas y preveía
la creación del Emirato Islámico. Para garantizar la aplicación del plan
Juppé, Qatar se comprometía a invertir masivamente en el este de
Turquía, con la esperanza de que los kurdos de Turquía abandonasen
el`PKK.
La existencia de este plan se ha mantenido en secreto hasta ahora.
Si parlamentarios franceses o turcos lograran obtener legalmente una
copia, eso bastaría ampliamente para llevar a Juppé y Davutoglu ante el
Tribunal Penal Internacional por crimen contra la humanidad.
Al contrario de lo que muchos creen, existen profundas divisiones
entre los kurdos. En Turquía y en Siria,
el PKK, de origen
marxista-leninista, siempre ha defendido una visión antiimperialista.
En cambio,
los kurdos de Irak, vinculados a Israel desde los tiempos de
la guerra fría, siempre han sido aliados de Estados Unidos. Estos dos
grupos ni siquiera hablan el mismo idioma y sus historias son muy
diferentes.
Es probable que Estados Unidos, por su parte, haya incluido en
la cesta de matrimonio la promesa de promover el modelo político turco
a través del mundo árabe y también de ayudar al partido gobernante turco
AKP a controlar los partidos políticos surgidos de la Hermandad
Musulmana, para convertir a Turquía en centro del Medio Oriente.
Lo cierto es que Recep Tayyip Erdogan respaldó –in extremis– el proyecto de la OTAN, que tomó el lugar del AfriCom [1] cuando el comandante de este último entró en rebelión [2].
De inmediato, Ankara movilizó en Libia a los habitantes de Misurata,
mayoritariamente descendientes de soldados judíos del Imperio Otomano
–los adghams– y de nómadas vendedores de esclavos negros –los muntasirs–, que en el pasado habían respaldado a los Jóvenes Turcos. Estos elementos formaron el único grupo significativo de libios que se animó a atacar Trípoli [3].
Simultáneamente, Ankara organizó en Estambul varias reuniones de
la oposición siria, a partir de agosto de 2011. Finalmente, en octubre
de ese año, la Hermandad Musulmana formó el Consejo Nacional Sirio,
incluyendo en él algunos representantes de diferentes grupos políticos y
minorías.
La OTAN renuncia a invadir Siria
Luego de comprobar la implicación de la OTAN en Libia, Ankara contaba
lógicamente con una implicación idéntica de la alianza atlántica
en Siria.
Sin embargo, a pesar de numerosos atentados y de una campaña
de propaganda internacional tremendamente larga e intensa, fue imposible
sublevar a la población ni atribuir los crímenes masivos al presidente
sirio Bachar al-Assad. Y, muy importante, Moscú y Pekín, que al parecer
aprendieron la lección del caso libio, vetaron en 3 ocasiones los
proyectos de resolución que supuestamente pretendían «proteger» a
los sirios de su propio gobierno (presentados al Consejo de Seguridad
de la ONU en octubre de 2011, en febrero de 2012 y en julio del mismo
año).
Así que Washington y Londres abandonaron la partida, aunque París y Ankara seguían empeñados en el plan inicial [
4].
Francia y Turquía establecieron una estrecha colaboración, llegando
incluso –en septiembre de 2012– a poner en marcha un intento de
asesinato contra el ministro sirio de Exteriores Wallid al-Muallem y el
presidente Bachar al-Assad.
El atentado realizado en Riad contra el príncipe Bandar ben Sultán,
en represalia por el asesinato de los miembros del Consejo de Seguridad
sirio –en julio de 2012–, dejó huérfano al movimiento yihadista
internacional. El príncipe saudita sobrevivió a sus heridas, pero estuvo
hospitalizado un año entero y ya nunca pudo volver a asumir plenamente
el papel que había desempeñado a la cabeza de los yihadistas. Recep
Tayyip Erdogan aprovechó esa coyuntura para tomar su lugar. Estableció
vínculos personales con Yassin al-Qadi, el banquero de al-Qaeda,
recibiéndolo personalmente –y en secreto– en Ankara y también supervisó
los numerosos grupos yihadistas, inicialmente creados por los servicios
secretos estadounidenses, británicos y franceses.
En enero de 2013, al intervenir militarmente en Mali, Francia
se alejó de los yihadistas sirios dejando las operaciones armadas
en Siria en manos de Turquía, aunque siempre mantuvo en el terreno
algunos miembros de la Legión Extranjera. Poco después, Washington forzó
el emir de Qatar, jeque Ahmad, a la abdicación reprochándole –por
denuncia de Rusia– el uso de sus facilidades en contra de los intereses
estadounidenses.
Arabia Saudita asumió el financiamiento de la guerra
contra Siria, incluso antes de la entronización del jeque Tamim como
nuevo emir de Qatar.
Para gozar de ese apoyo, al igual que del respaldo de Israel, Recep
Tayyip Erdogan comenzó a prometer a todo el mundo que Estados Unidos
no se detendría ante los vetos de Rusia y China y que lanzaría la OTAN
al asalto de Damasco. Aprovechando la confusión, Erdogan organizó
el saqueo de Siria, desmantelando todas las fábricas de Alepo, capital
económica de ese país, y robando su maquinaria. También organizó el robo
de los tesoros arqueológicos sirios y hasta instauró un mercado
internacional de piezas arqueológicas robadas en la ciudad de Antioquía,
capital de la provincia turca de Hatay.
Al ver que seguía sin obtener los resultados que esperaba,
Erdogan
organizó, con ayuda del general francés Benoit Puga –jefe del estado
mayor particular del presidente de Francia– una operación bajo bandera
falsa [5]
–el bombardeo químico en el cinturón agrícola de Damasco– para
justificar la entrada en guerra de la OTAN. Pero Londres descubrió
el engaño de inmediato y se negó a implicarse [6].
Turquía participó en la operación de limpieza étnica e intento de división territorial de Irak y Siria conocida como «plan Wright».
La presencia de los servicios secretos turcos en las reuniones
preparatorias del Emirato Islámico en Amman, la capital jordana, está
debidamente demostrada por la publicación de un documento de esa reunión
obtenido por el PKK. El hecho es que el «plan Wright» retoma el ya mencionado «plan Juppé»,
que había convencido a Turquía de entrar en guerra.
Posteriormente,
Erdogan asumió personalmente el mando del Emirato Islámico,
garantizándole tanto el suministro de armamento como la venta del
petróleo que los yihadistas roban en Irak y Siria.
Observando con angustia las conversaciones entre Washington y
Teherán, el gobierno de Ankara
se inquietó ante la conclusión de un
acuerdo de paz que lo deja “al borde de la carretera”. Ante la
proposición del presidente ruso, Vladimir Putin, el ahora presidente
Erdogan aceptó participar en el proyecto de gasoducto
Turkish Stream
con el cual Rusia planea enfrentar el monopolio estadounidense
y saltarse el embargo europeo.
Después, haciendo de tripas corazón,
Erdogan se fue a Teherán para reunirse con el presidente iraní Hassan
Rohani, quien le aseguró que nada tenía que temer del acuerdo que estaba
negociando con Estados Unidos.
Pero al firmarse ese acuerdo, el 14 de
julio de 2015, se hizo evidente que ese arreglo no dejaba espacio para
Turquía en la región.
Y, como era de esperar, Recep Tayyip Erdogan recibió –el 24 de julio– un ultimátum del presidente Obama intimándolo
a renunciar inmediatamente al gasoducto ruso;
a
poner fin a su apoyo al Emirato Islámico, del que Erdogan se ha
convertido en el jefe ejecutivo utilizando como pantalla al califa Abu
Bakr al-Baghdadi, y a entrar en guerra contra esa organización
yihadista.
Para que Erdogan supiera que la advertencia iba en serio, Barack
Obama le dijo que ya se había puesto de acuerdo con el Reino Unido
sobre
la posibilidad de sacar a Turquía de la OTAN, a pesar de tratarse de
una medida que no está prevista en el Tratado del Atlántico Norte.
Después de deshacerse en excusas y de autorizar Estados Unidos a
utilizar la base de Incirlik contra el Emirato Islámico, Erdogan se puso
en contacto con el enviado especial estadounidense para la coalición
internacional anti-Daesh, el general John Allen, cuya oposición al
acuerdo con Irán es públicamente conocida. Erdogan y Allen se pusieron
de acuerdo para interpretar las palabras del presidente Obama como una
exhortación a la lucha contra el terrorismo y en esa categoría
incluyeron al PKK. Sobrepasando el marco de sus funciones, el general
Allen se comprometió a crear a lo largo de la frontera turco-siria una «no fly zone»
(zona de exclusión aérea) de 90 kilómetros de profundidad en territorio
sirio, supuestamente para proteger a los refugiados sirios pero
en realidad para aplicar el «plan Juppé-Wright». El primer ministro turco Ahmet Davutoglu habló del apoyo estadounidense a ese proyecto ante las cámaras de la televisión A Haber mientras iniciaba los bombardeos aéreos contra el PKK.
El general John Allen ya había logrado anteriormente prolongar la
guerra contra Siria en 2 ocasiones. En junio de 2012, conspiró con el
general David Petraeus y con la secretaria de Estado Hillary Clinton
para sabotear el acuerdo que Washington y Moscú habían concluido
en Ginebra para favorecer la paz en el Medio Oriente. Aquel acuerdo
estipulaba, entre otras cosas, el restablecimiento de la paz en Siria
–aunque Damasco no había sido invitado a aquella conferencia– pero era
inaceptable para los neoconservadores y los «
halcones liberales»
estadounidenses. El trío Clinton-Allen-Petraeus se apoyó en el nuevo
presidente francés, Francois Hollande, y en su nuevo ministro de
Relaciones Exteriores, Laurent Fabius, para convocar una conferencia de «
Amigos de Siria»
y rechazar el Comunicado de Ginebra. Al hallarse en plena campaña
electoral, el presidente Obama no pudo castigar la traición de sus
colaboradores.
Pero inmediatamente después de su reelección, hizo
arrestar a David Petraeus y a John Allen, a quien había hecho caer en
una trampa de índole sexual. Al final, Petraeus fue el único condenado,
Allen logró salir limpio y la señora Clinton –al igual que Alain Juppé
en Francia– hoy prepara su próxima campaña electoral para competir por
la presidencia de Estados Unidos.
El trío Clinton-Allen-Petraeus emprendió una segunda operación,
en diciembre de 2014– con la que logró sabotear la Conferencia de Moscú.
Prometiendo a la Hermandad Musulmana la puesta en práctica del «plan Juppé-Wright»,
convencieron a la Coalición Nacional Siria (oposición siria en
el extranjero) para que rechazara toda conversación de paz.
Este episodio demuestra, de paso, que el objetivo de la Coalición
Nacional Siria no es obtener un cambio de régimen en Siria sino destruir
ese país y acabar con su estructura como Estado.
Al enterarse de las promesas que el general Allen había hecho a
Erdogan mientras que él volaba hacia África, el presidente Obama ordenó
desmentir oficialmente el compromiso del general, reconoció el derecho
de Ankara a combatir el PKK, pero denunció toda acción contra ese
partido kurdo realizada fuera de las fronteras turcas.
El presidente
Erdogan convocó entonces una reunión del Consejo de la alianza atlántica
para informar que Ankara se sumaba a las operaciones de la coalición
antiterrorista y el inicio de su doble acción contra el Emirato Islámico
y el PKK. El 29 de julio, la OTAN respondió fríamente que respaldaba la
acción de Ankara, pero s
in reconocerle ningún derecho a bombardear al
PKK en Irak y en Siria sin que existiese un caso de «persecución»,
o sea en caso de comprobarse que el PKK haya utilizado bases en el
exterior para lanzar ataques contra Turquía y replegar sus fuerzas hacia
ellas.
Al mismo tiempo, el presidente Obama depuso a su enviado especial
para Siria, Daniel Rubinstein, y lo reemplazó por Michael Ratney,
simultáneamente especialista en Medio Oriente y en manejo de los medios
de prensa. La prioridad de Ratney será vigilar estrechamente los
movimientos del general Allen.
Turquía en guerra civil
Hasta el momento, las acciones de las fuerzas armadas turcas contra
el PKK en Irak y en Siria no tienen ninguna justificación legal a la luz
del derecho internacional. Los gobiernos de esos dos países han
denunciado los bombardeos turcos como ataques perpetrados contra
su territorio nacional. Desde el punto de vista estadounidense, el PKK y
el Ejército Árabe Sirio –o sea, el ejército regular de la República
Árabe Siria– son las dos únicas fuerzas terrestres eficaces contra
el Emirato Islámico.
El reinicio de la guerra contra la minoría kurda
demuestra que el AKP pretende seguir adelante con la aplicación del «plan Juppé-Wright», incluso a pesar de que Francia y Qatar se han retirado parcialmente de la contienda.
Sin embargo, un elemento fundamental ha venido a modificar
profundamente las condiciones del juego: Israel y Arabia Saudita, que
hasta hace poco eran favorables a la creación de un Kurdistán y un
Sunnistán en territorios pertenecientes a Irak y Siria,
ahora se oponen a
esa idea. Tel Aviv y Riad saben ahora que si tales entidades llegasen
a surgir, no estarían bajo su control sino a las órdenes de una Turquía
que ya no esconde sus pretensiones imperiales y que se convertiría de facto en un gigante regional.
En una de esas repentinas inversiones de situación que tanto se ven
en el Medio Oriente, Israel y Arabia Saudita han llegado
por consiguiente a un acuerdo para contrarrestar la locura del
presidente Erdogan y respaldar al PKK por debajo de la mesa, a pesar de
tratarse de una formación de tipo marxista. Por otro lado, Israel ya
emprendió el acercamiento hacia enemigos tradicionales de Turquía, como
la Grecia de Alexis Tsipras y el Chipre de Nikos Anastasiadis.
Que nadie se equivoque. Recep Tayyip Erdogan ha optado por la guerra
civil como única salida política personal. Después de haber perdido las
elecciones legislativas y logrado bloquear la creación de un nuevo
gobierno, ahora trata de intimidar al pueblo de Turquía para convencer
al partido MHP (nacionalista) de que debe apoyar al AKP (islamista) en
la formación de un gobierno de coalición o para convocar nuevas
elecciones y tratar de ganarlas.
La operación antiterrorista, supuestamente emprendida a la vez contra
el Emirato Islámico y contra los kurdos, en realidad está dirigida
exclusivamente contra el PKK y las YPG (unidades kurdas de autodefensa
creadas en Siria a partir del PKK). Los bombardeos turcos supuestamente
dirigidos contra el Emirato Islámico no han destruido nada.
Simultáneamente, el presidente Erdogan ha iniciado una serie de acciones
judiciales contra los líderes kurdos del HPD, Selahattin Demirtas y
Figen Yuksekdag. La fiscalía acusa a Demirtas de haber llamado a la
realización de actos de violencia contra los no kurdos –algo
completamente descabellado– mientras que atribuye a Yuksekdag haber
respaldado las YPG, o sea las milicias kurdas de la República Árabe
Siria, que para el magistrado turco son una organización terrorista.
Pero la nueva guerra civil no será como la de los años 1980. Será
mucho más amplia y sangrienta, porque Turquía ya no tiene ningún aliado
exterior y, al mismo tiempo porque la política islamista ha divido la
sociedad turca. Ya no será la guerra de las instituciones turcas
respaldadas por la OTAN contra el PKK respaldado por Siria sino una
verdadera fragmentación de la sociedad turca: islamistas contra laicos,
tradicionalistas contra modernos, sunnitas contra alevíes y turcos
contra kurdos.