
Guadi Calvo*, Resumen Latinoamericano, 15 de agosto de 2025.
No es mucha la atención mediática que se le da a lo que sucede a lo largo de las rutas
migratorias que desde África llevan, han llevado y seguirán llevando a cientos de miles
de migrantes a Europa. Provenientes mayoritariamente del resto del continente, aunque
también los hay asiáticos e incluso latinoamericanos.
Los recursos financieros y materiales que la Unión Europea (UE) ha dilapidado para
clausurar aquellas rutas, alentando y financiando políticas represivas de los gobiernos de
Marruecos, Túnez, Libia o Egipto contra las olas de migrantes que llegan a sus costas
para lanzarse al Mediterráneo, o como también suceden desde Mauritania o Senegal
hacia Canarias, siempre son menores a las razones que los impulsan a abandonarlo todo
en búsqueda de escapar de esos infiernos que las políticas de los Estados Unidos y sus
socios europeos han construido en sus países.
La desesperación es tal que ni siquiera se amilanan ante los miles de kilómetros que
deben transitar por desiertos donde muchas veces son abandonados por los traficantes,
para morir por deshidratación o hambre, una de las opciones más generosas. También
existe la posibilidad de que sean secuestrados en plena marcha, para lo que sus
familiares, en muchos casos, se deban endeudar por años para pagar el rescate o
terminar vendidos como esclavos o sencillamente devorados por lo riguroso del camino.
Aunque saben, muy bien, que abordar una embarcación tampoco es garantía de nada.
Desde que estalló la crisis migratoria en 2014, según revelan fuentes europeas, siempre
tan discretas, los desaparecidos en el mar serían unos cincuenta y dos mil.
Referíamos que es poca la atención informativa de estas tragedias, que suceden a cada
momento en esas rutas, pero es todavía menor a lo que pasa en la que discretamente se
ha trazado desde Etiopía a Arabia Saudita, igual de peligrosa, igual de desesperante,
igual de olvidada.
El trecho que puede haber desde la ciudad etíope de Barayu, en el corazón de la Oromia,
hasta Riad, la capital saudita, u otros destinos del golfo Pérsico (Ver: Etiopía: La larga
caravana de los invisibles) son más de dos mil doscientos kilómetros, los que en el
terreno se duplican, para lo que se puede demorar más de seis meses, si no tienen algún
imprevisto.
La mayoría de los migrantes lo hacen a pie, por desiertos donde las temperaturas pueden
superar los cuarenta y cinco grados. Los más afortunados cubren algunos tramos en
autobuses, según la suerte de conseguir un eventual trabajo que les ayude a continuar,
aunque esa posibilidad es extremadamente remota, ya que las áreas por las que transitan
son tan o más pobres que las de las que provienen.
Al llegar al puerto de Obock (Djibouti) o a alguno otro en el norte de Somalia, como los
de Berbera o Bosaso, sobre el golfo de Adén, se embarcan en lanchones, que los
llevarán a Yemen, según el caso, a cuarenta o doscientos kilómetros de travesía.
Para la gran mayoría de estos pasajeros, ese es el momento en que por primera vez en
sus vidas conocen el mar, un mar permanentemente agitado, por el tráfico de grandes
barcos que, desde el golfo de Adén, intentan ingresar por el estrecho Bab el-Mandeb al
Mar Rojo rumbo al canal de Suez o viceversa, ahora casi clausurado por la ofensiva
houthí en defensa de Palestina (Ver: Mar Rojo, en nombre de Allah).
Este es el tramo donde el pasado domingo tres, ciento sesenta migrantes desaparecieron,
cuando la embarcación, con capacidad para cien, naufragó en plena derrota. Se ha
confirmado que noventa han muerto, doce hombres fueron rescatados y el resto
continúa desaparecido. Este último accidente solo es uno más de los que suceden
periódicamente en la llamada “Ruta Oriental”, por donde cada año transitan miles de
personas, particularmente de los países del Cuerno de África (Etiopía, Eritrea, Somalia
y Djibouti), aunque también hay muchos que llegan desde el sur y del oriente.
En el caso del naufragio del domingo, en la zona de Shuhrah, cerca de las costas
yemeníes, la mayoría de las víctimas eran etíopes, que escapaban no solo de la falta de
oportunidades, sino también de la convulsiva realidad que vive el país desde que
comenzó la guerra de Tigray, que, a pesar de que formalmente terminó en noviembre
del 2022, A un costo en torno de un millón de muertos, sus consecuencias económicas,
políticas y sociales continúan, al punto de que para muchos las posibilidades de un
reinicio del conflicto son casi una certeza (ver: Etiopía, bajo la daga egipcia).
En 2024, según la OIM (Organización Internacional para las Migraciones),
cuatrocientos sesenta y dos migrantes se ahogaron en el golfo de Adén, aunque esta
cifra, como sin duda sucede en el Mediterráneo y la ruta del Atlántico, los muertos sean
muchísimos más. Según la misma fuente, a lo largo de 2024, casi setenta mil migrantes
llegaron a Yemen cruzando el golfo de Adén. En marzo se produjeron cuatro naufragios
que dejaron ciento ochenta desaparecidos.
Últimamente, son las áreas rurales de Oromía, Amhara y Tigray las regiones que más
involucradas estuvieron en la guerra civil (2020-2022); son las que mayor cantidad de
personas están captando las bandas de traficantes. La mayoría de estos migrantes tiene
como principal objetivo Arabia Saudita, donde creen que encontrarán los mejores
sueldos, sin tener siquiera con precisión dónde queda el lugar del destino, los posibles
trabajos que van a realizar y sin sospechar las verdaderas condiciones de vida que, de
conseguir un trabajo, les espera. (Ver: Etiopía, la brutal realidad del tráfico humano).
Las que necesitan son tan o más pobres que las de las que provienen.
Un mundo por conocer.
La gran mayoría de los migrantes que han tenido la fortuna de atravesar más o menos
vivos el golfo de Adén, descubren que no han llegado al reino saudita, sino que están en
un país llamado Yemen, que, como ellos, está más o menos vivo. Después de sufrir más
de diez años de guerras civiles, operaciones terroristas, la guerra e invasión saudita
(2015-2020) y los constantes bombardeos norteamericanos, británicos y sionistas contra
la milicia houthies, la única fuerza militar en el mundo que en la actualidad respalda a
Palestina.
Entre el punto de llegada a la costa yemení, que puede ser el puerto de Adén, hasta la
frontera saudita, son aproximadamente quinientos kilómetros en línea recta, aunque las
condiciones montañosas de Yemen, sumado a que el país se encuentra cruzado por
grupos armados y mafias, a la caza de oportunidades, los migrantes están obligados a
permanentes cambios de rutas, mantenerse a cubierto de quienes podrían asaltarlos,
esclavizarlos e incluso venderlos a otras bandas que, mejor organizadas, puedan pedir
rescates por ellos, permaneciendo prisioneros por años hasta que pagan su rescate por su
liberación.
La actual situación en Yemen ha provocado que muchos de los migrantes queden
atrapados en la ciudad de Adén y otras ciudades yemeníes, viviendo en las calles, en
extremo estado de pobreza, sumando un factor más a la grave crisis humanitaria que ya
viven los cerca de cuarenta millones de yemeníes. Diecisiete de ellos en estado de
inseguridad alimentaria. Tres millones y medio con desnutrición grave, mientras que
cinco se han debido desplazar escapando de los combates.
Para los que continúen el camino, la llegada a la frontera saudita quizás sea el punto
más peligroso. No solo por el muro que Riad levanta desde hace años en la frontera,
sino porque la guardia fronteriza dispara sin advertencia y al azar, generando un número
de víctimas de las que nadie da cuenta.
Los más “afortunados”, aquellos que pueden ingresar a Arabia Saudita o a algún otro
país del golfo, en su mayoría lo hacen bajo las condiciones que se conocen como el
sistema kafala, para lo que un trabajador extranjero necesita de un kafeel patrocinador o
empleador local para poder entrar, vivir y trabajar legalmente. La dependencia del
empleado de su kafeel es absoluta, quien, además de retener su pasaporte y controlar sus
salidas del país, dispone de él a su antojo, no pudiendo siquiera cambiar de trabajo sin
su consentimiento, lo que deja al trabajador en condiciones de total dependencia,
posibilitando todo tipo de abusos. Prácticamente, son desconocidas las denuncias contra
algún kafeel por temor a perder el empleo.
Al tiempo que los controles estatales hacia los migrantes son constantes con razias
permanentes. A la menor irregularidad, la que decide la buena voluntad o el soborno a
las autoridades, el trabajador es deportado muchas veces. Sin siquiera el derecho a
recuperar sus cosas y dinero, quedando al otro lado de la frontera, quizás en peores
condiciones de las que llegó, debiendo aprontarse a una vuelta tan peligrosa como lo fue
su viaje inicial hacia el paraíso, donde también se muere.
*Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en
África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook:
https://www.facebook.com/lineainternacionalGC.
No hay comentarios:
Publicar un comentario