
Por: Jorge Ramos, Exitosa. Resumen latinoamericano 24 de abril de 2026.
Destinar 3,500 millones de dólares a la compra de aviones de guerra no es solo una decisión cuestionable: es un bofetón a la realidad peruana. En un país donde la educación pública agoniza, las escuelas se caen a pedazos y la formación ciudadana es un privilegio casi inexistente, gastar fortunas en armamento de lujo no responde a ninguna estrategia de defensa. Es, pura y llanamente, una escandalosa desconexión con el sufrimiento del país.
Nos venden el cuento de la «seguridad nacional» para justificar el despilfarro. Pero, ¿qué seguridad real puede sostener una nación con ciudadanos abandonados a su suerte, un sistema de salud colapsado y una institucionalidad podrida? La verdadera defensa de una nación no se libra en los cielos con aeronaves de combate, sino en las aulas. Se libra formando ciudadanos críticos, conscientes y capaces de construir un desarrollo sostenible que hoy se nos niega.
A este despropósito se suma un absurdo técnico que no podemos ignorar: la tecnología militar es efímera. Los cazas que hoy nos venden como la gran «ventaja estratégica» serán chatarra obsoleta en pocos años. Estamos comprometiendo recursos gigantescos en fierros con fecha de caducidad, mientras seguimos ahogando la única inversión verdaderamente rentable y eterna: la educación de nuestra gente.
Pensemos en la magnitud de este dinero. Con 3,500 millones de dólares, el Perú podría detonar una revolución estructural histórica: levantar miles de colegios modernos, dignificar a los maestros, llevar tecnología de punta hasta el último rincón rural y cerrar brechas que arrastramos por siglos. Esto no es utopía ni exageración; es la diferencia abismal entre tener voluntad política y gobernar de espaldas al pueblo.
El trasfondo de esta compra, por supuesto, no es técnico. Es politiquería pura. Responde a la ambición de un poder que prioriza el espectáculo, la foto inmediata y el falso símbolo de fuerza por encima de lo esencial: el desarrollo humano. Están gobernando para aparentar fortaleza militar, porque son incapaces de construir un país fuerte.
En el fondo, este millonario capricho desnuda una crisis mucho más profunda: la pérdida total de legitimidad de nuestro Estado. Cuando las leyes y la Constitución dejan de buscar el bien común para convertirse en plastilina al servicio de intereses coyunturales, el resultado son estas decisiones nefastas. Se gobierna a la deriva, sin un proyecto de nación.
Un país no sale del subdesarrollo comprando misiles y aviones; se levanta formando conciencias, limpiando sus instituciones y apostando por su gente. Todo lo demás es, en el mejor de los casos, un error estratégico monumental; y en el peor, una imperdonable irresponsabilidad histórica.
¡NEGOCIO REDONDO Y DEPENDENCIA! El capricho militar que desangra y humilla al Perú
Destinar 3,500 millones de dólares a la compra de aviones de guerra a toda costa no es un simple error de cálculo: es una imposición. En un país donde la educación pública agoniza y el sistema de salud está colapsado, gastar fortunas en armamento no responde a una necesidad del país, sino a la obstinación de quienes siempre han dictado estas compras: las cúpulas militares.
Nos venden el viejo cuento de la «seguridad nacional», pero ¿a quiénes les interesa realmente esta adquisición? A esas mismas élites castrenses de mano dura a las que poco o nada les ha importado, ni hoy ni a lo largo de nuestra historia, el sufrimiento del ciudadano de a pie. Es el mal de siempre: un sector que justifica su existencia y sus multimillonarios presupuestos exigiendo juguetes bélicos, mientras las escuelas se caen a pedazos y los hospitales no tienen medicinas.
Pero hay un agravante en todo este despropósito que roza la vergüenza nacional. Lo peor no es solo que priorizamos las armas sobre las vidas, sino la absoluta mediocridad de nuestra visión estratégica: somos incapaces de crear, solo sabemos comprar. Basta con mirar hacia nuestras fronteras. Brasil desarrolla su propia tecnología, diseña sus aeronaves, fortalece su industria y construye una verdadera defensa soberana. Ellos exportan innovación y generan empleo; nosotros, en pleno siglo XXI, seguimos comportándonos como el cliente sumiso y dependiente que vacía sus arcas para engordar a la industria armamentística extranjera. La pregunta cae por su propio peso: Y nosotros, ¿para cuándo? ¿Cuándo dejaremos de ser un país que solo sabe firmar cheques al exterior?
Pensemos en la magnitud de este dinero. Con 3,500 millones de dólares, el Perú podría no solo construir miles de colegios modernos y cerrar brechas históricas, sino también invertir en ciencia, en nuestras universidades, para empezar a desarrollar tecnología propia. Podríamos sentar las bases para no depender de nadie. Pero eso exige voluntad política y visión de país, algo que no se compra en un catálogo de armas.
El trasfondo de esta compra es politiquería y sometimiento. Se gobierna para complacer los caprichos de unos cuantos uniformados y aparentar una falsa fortaleza, porque son incapaces de construir un país fuerte desde sus cimientos.
Un país no sale del subdesarrollo ni se vuelve soberano firmando cheques por misiles y aviones extranjeros; se levanta formando conciencias, investigando, creando su propia tecnología y apostando por su gente. Todo lo demás es una imperdonable traición a nuestro futuro.
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