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sábado, 21 de febrero de 2026

Siria. La retirada estadounidense: de un despliegue costoso a una seguridad contractual


Laila Nicolás, Al Mayadeen / Resumen Latinoamericano, 20 de febrero de 2026.

Estados Unidos pone fin a la fase de inversión militar directa en la geografía siria, en favor de un empleo estratégico basado en el concepto de «seguridad contractual» y reducción de cargas

El ejército estadounidense anunció la retirada de sus bases militares más importantes en Siria, concretamente las de Al-Tanf y Al-Shaddadi. Estas dos se encuentran entre los emplazamientos militares más destacados en Siria.

La base de Al-Tanf se encuentra en el triángulo fronterizo sirio-iraquí-jordano, lo que la convierte en un punto de control vital para la vigilancia y el control de la frontera sirio-iraquí, así como del desierto sirio.

La base de Al-Shaddadi, que conecta las provincias de Hasakeh y Deir Ezzor, se había utilizado desde 2016 como un importante centro de operaciones de la coalición internacional contra la organización terrorista Daesh. También era un punto vital para coordinar el apoyo militar y de inteligencia entre otras bases estadounidenses en el norte y el este de Siria.

Con la retirada de estas bases y la intención declarada de retirarse militarmente por completo, Siria entró en una nueva etapa, y marca el fin de una década de presencia militar en estas zonas. Las dimensiones de esta retirada pueden analizarse según las siguientes premisas estratégicas:

Primero: El cambio hacia un papel de «equilibrio externo»

Muchos estrategas estadounidenses abogaron durante mucho tiempo por que las administraciones estadounidenses adopten el principio de «equilibrio externo», es decir, delegar la seguridad regional a aliados que asumen esa tareas, y que Washington intervenga solo si el aliado incumple lo asignado o si surge un vacío estratégico y de seguridad y una gran potencia intenta explotarlo.

En realidad, la actual administración de EE. UU.  busca implementar este principio en Siria, es decir, aumentar la dependencia de los socios locales. Esto es lo que exigían la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 y la Estrategia de Defensa Nacional 2026 de Estados Unidos, que enfatizaban que los aliados asumieran la plena responsabilidad de su propia seguridad y asumieran la carga.

En consecuencia, después de que Siria se uniera oficialmente a la coalición internacional contra el Daesh en noviembre pasado, la clasificación del Pentágono del gobierno central sirio pasó de «adversario» a «socio funcional», capaz de asumir la carga de la lucha antiterrorista y reducir esta sobre los estadounidenses. Por lo tanto, la administración Trump considera que la presencia militar permanente en Siria supone una pérdida de recursos sin un retorno estratégico proporcional.

Segundo: La falta de propósito

Desde su creación, la base de Al-Tanf ha servido como punto clave para cortar el puente terrestre que se extiende desde Teherán, a través de Irak y Siria, hasta Líbano, y para monitorear los movimientos de los grupos del «eje de la resistencia» que atraviesan el desierto sirio entre Irak y Siria. Actualmente, tras la ruptura de este corredor terrestre debido a la caída del anterior régimen sirio, la presencia continua de la base se convitió en una carga de seguridad innecesaria.

Según las evaluaciones estadounidenses, la presencia de fuerzas en bases aisladas ya no tiene un efecto disuasorio, sino es un «objetivo fácil» que proporciona a los adversarios amplia ventaja. Con base en esta percepción, la presencia de la misma cerca de Irak, dadas las tensiones regionales y la amenaza iraní de atacar bases estadounidenses en la región, constituye una costosa carga estratégica y de seguridad.

En consecuencia, la presencia física de bases militares vulnerables a ataques fue sustituida por una vigilancia transfronteriza, es decir, el uso de protocolos de vigilancia e intervención aérea rápida desde bases en Jordania y el Kurdistán iraquí.

Tercero: Enfoque en la «Gran Competencia»

Esta retirada se alinea con la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 y con la de 2026, que priorizan la región del Indopacífico y evalúan la jerarquía de las mayores amenazas de EE. UU., centrándose en la seguridad nacional y regional en el hemisferio occidental.

Por lo tanto, se puede argumentar que, desde la perspectiva estratégica actual de EE. UU., las crisis regionales en Medio Oriente deberían gestionarse mediante un sistema de «equilibrio de poder regional» que involucre a Turquía, «Israel» y los Estados árabes, manteniendo al mismo tiempo la ventaja militar cualitativa de «Tel Aviv». Esto permite al Pentágono redirigir recursos hacia escenarios internacionales más vitales.

En consecuencia, la retirada estadounidense de las bases sirias, y previamente de las iraquíes, y su entrega a los ejércitos de ambos países, forma parte de una  «transición condicional y ordenada». Esta reorganiza la presencia militar de Washington, pasando de un costoso despliegue sobre el terreno a una «presencia estratégica» menos costosa y más rentable en toda la región.

Dado que Siria, por primera vez en su historia moderna, ha entrado en la esfera de influencia directa estadounidense, este ahora tiene la capacidad de influir, monitorear e intervenir cuando sea necesario, sin necesidad de bases militares permanentes dentro del país para proyectar poder.

Por lo tanto, Estados Unidos está poniendo fin a la fase de inversión militar directa en territorio sirio, y adopta un enfoque estratégico basado en el concepto de «seguridad contractual» y redujo las cargas que constituyen los pilares de la doctrina de Trump en su segundo mandato.

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